Durante dos días me someto completamente a tí. Es una relación de sumisión que raya el más vulgar masoquismo. Disfruto tanto complaciéndote y adulándote, como sufriendo en mis propias carnes los resultados de dicho halago.
Las ampollas de mis manos, los rasguños de los rosales en mis brazos o el dolor intenso de músculos que ni siquiera sabía que existían son vanos intentos de sacrificio. Tal es la desconexión que siento, tal es el daño que creo que te causo, que necesito de esos dolores físicos para tratar redimirme. Necesito contemplarte y halagar tu fuerza para salir hacia delante a pesar de mí. Es mi manera de pedirte perdón; de mostrarte mi respeto.
Te empeñas en recordarme tu fuerza cada vez que te visito. Las plantas que no regué, los frutos que no recogí o las dalias que intenté arrancar, me observan impasibles en todo su esplendor. Tengo la sensación que te ríes de mí. Me retas. Y lo único que se me ocurre es postrarme a tus pies. Arar un pedacito de tierra para que se oxigene. Pre-podar las cepas para evitar que adquieran esa figura fantasmagórica con las uvas ya pasadas aún colgando de los sarmientos. O hacer compost, para demostrarte que nada en ti es desperdicio. Que lo que hoy es vida arrancada, mañana será vida renovada.

No hay comentarios:
Publicar un comentario