"Contar una historia es un acto que revela nuestra pequeñez, porque en él confesamos que necesitamos a otro, que estará ahí o no. [...] La historia que iré recogiendo aquí no es más que una manera de reclarmar, hermanos, vuestra atención hacia mi insignificante e incierta peripecia. Me complacería que os fascinara, para qué ocultarlo, pero me conformo con que al leerla sintáis que tiene algo que ver con vuestra propia aventura." [1]

lunes, 13 de septiembre de 2010

¿Enfermo? Y yo sin saberlo...

“Mi madre se quedó viuda cuando yo tenía cinco años y tuvo que hacerse cargo de 7 hijos, dos mujeres y cinco machos. A las cinco de la mañana ella tenía que ir a limpiar los colegios de la Compañía antes de que yo fuera a las ocho menos cuarto al colegio. Porque, a clase se iba a las 8 menos cuarto y a las once y cuarto se paraban las clases para ir a llevar la comida a los talleres”.

Esta historia la escucho en boca de mi abuelo tantas veces como yo dedico el tiempo necesario para que él se suelte. Bien sentados en la mesa camilla de la sala, bien en la terraza, bien comiendo, en cuanto sacamos un rato, él comienza con esta y otras historias similares. Son siempre las mismas, de cuando él era pequeño. Mi abuelo padece Alzheimer y mi acercamiento a él es desde esta perspectiva. He detectado, gracias a la ayuda de mi padre, que mi abuelo solicita a través de estas historias el reconocimiento social que parece ser que nunca tuvo, o que lo tuvo, pero para él fue y es insuficiente. Así pues, respondo a estas historias como él espera de mí, con asombro, con preguntas (también siempre las mismas) y con el reconocimiento del mérito que él tuvo y que me solicita. No le engaño, pues el mérito es real y verdaderamente las pasaron canutas.

“Hola José! Te he traído estos medicamentos, unas camisetas y unos lápices para que tus hijos puedan pintar e ir a la escuela. También algo de dinero, que sé que por estos lugares es lo que más os hace falta, que todo está muy caro y vuestro salario no os da ni para unas cajetillas de tabaco; ¡qué menos que algún vicio de vez en cuando! Ahora, cuéntame, ¿cómo estás? ¿Qué tal todo este tiempo, mucha necesidad? Si es que… lo vuestro sí que tiene mérito, aguantar con tan poco y tan alegres”

Esta historia la escucha José cada vez que un turista dedica el dinero suficiente para ir a visitar la isla cubana. Bien en el mercado, bien en algún paladar o bien en plena calle tras haber hecho un trato sobre unos puros, los turistas comienzan con estas y otras historias similares. Los turistas están enfermos y José se acerca a ellos desde esta perspectiva. Ha detectado, gracias a los años de experiencia, que lo que ellos necesitan es en alguna ocasión drama, en otra humor y en alguna otra complicidad. Así pues, como enfermos que son, José les responde como los turistas esperan de él. A cambio, los turistas se sienten saciados y pagan a José de la única manera que saben, dinero, camisetas o medicamentos. José no termina de entenderlo, siempre la misma historia, pero él agradece el regalo (como yo hago con la sonrisa de mi abuelo) y sigue con su vida isleña.

José no está equivocado. Los turistas, reales y soñadores (cuántos turistas no se mueven de su sofá pero ansían hacerlo), estamos enfermos, padecemos Alzheimer, como mi abuelo. Y una de las características del Alzheimer es, curiosamente, que no nos acordamos de que tenemos la enfermedad. Hemos olvidado y olvidamos continuamente lo que para nosotros es realmente una fuente de satisfacción. Hemos olvidado y olvidamos que en nuestra sociedad de la libertad, la libertad de expresión es tal, que ya nadie se escucha entre sí. Que habiendo tantas y tan diferentes opiniones, curiosamente sólo llegan a nosotros unas pocas (y siempre las mismas). Hemos olvidado y olvidamos que en nuestro sistema desarrollado, todo lo que se sale de éste es suprimido sutilmente (coches ecológicos, MoonCup, EcoBola…). Que las peores cadenas, son aquellas que no se ven. Hemos olvidado y olvidamos que la abundancia no es el hábitat natural del ser humano y que se puede vivir con menos. Que no tener dos ordenadores, tres teles y un conjunto para cada día, no es pobreza, sino otro modo de vida. Hemos olvidado y olvidamos que muchas veces buscamos arreglar el resto del mundo porque el nuestro no tiene remedio. Que, como dice Rosana, buscamos problemas para no encontrar soluciones.

Que el sistema Cubana tiene sus fallos es innegable. Que antes de criticarlo deberíamos curaros de nuestro Alzheimer, también.

4 comentarios:

  1. Ay primo!! Si tuviesemos un poco más de memoria, memoria de nuestra historia y de la de nuestros antepasados ¡cuanto daño y dolor podriamos evitar a nuestro entorno y a nosotros mismos!

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  2. Desgraciadamente, hoy, el Alzheimer no tiene cura...
    Hay que ir estimulando el cerebro día a día con pequeños ejercicios que suponen un gran esfuerzo y que no tienen grandes resultados a primera vista. Quizá la cura no llegue a tiempo para algunos de nosotros pero nuestra lucha servirá para que futuros enfermos logren recordar, o lo que es mejor, para que nadie olvide.

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  3. Claro que hay que estimular, y si, el Alzheimer no tiene cura, pero sus efectos se pueden paliar! jeje, al menos hay que intentarlo.

    y tambien estoy de acuerdo contigo prima, un poco de memoria no nos vendria nada mal para evitar malos tragos!!!!

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  4. Un amigo que nos dejó hace un par de años escribió un par de versos certeros y profundos para su madre: "Mientras pueda pensarte, no habrá olvido".

    Yo he tenido la fortuna de que tus abuelos también me contaran alguna vez, algunas veces, su Historia. Para mí eran auténticas lecciones de vida, a medio camino entre el sucedido, el chascarrillo, la ejemplaridad, la perplejidad por el presente y el testimonio de lo vivido; una especie de fe de vida... Creo que tu padre está en lo cierto.

    Y, en fin, creo que también aciertas tú enlazando a través de la meditación dos vivencias tan cercanas y aparentemente tan lejanas o incluso tan dispares. Verdaderamente hablas del olvido de lo esencial. Algo que nos incumbe tanto...

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