"Contar una historia es un acto que revela nuestra pequeñez, porque en él confesamos que necesitamos a otro, que estará ahí o no. [...] La historia que iré recogiendo aquí no es más que una manera de reclarmar, hermanos, vuestra atención hacia mi insignificante e incierta peripecia. Me complacería que os fascinara, para qué ocultarlo, pero me conformo con que al leerla sintáis que tiene algo que ver con vuestra propia aventura." [1]

sábado, 2 de julio de 2011

¿Cómo decir que lo he pasado mal y hacerlo con una sonrisa?

En el avión de vuelta a Madrid una pregunta me taladraba la cabeza: ¿Qué tal? Parece increíble que una pregunta tan simple pueda generar controversia alguna, pero el caso es que yo no me la quitaba de la cabeza. Después de 8 meses en Cuba, era la pregunta obligada: ¿Qué tal?
Estoy un poco cansado de esa voluntad general de aparentar que todo va bien, y de ese principio oculto (pero muy presente) que viene a decir que si te ha ido mal es que has fracasado. Tampoco comparto la visión extendida de "pasarlo bien": salir de fiesta, conocer lugares diferentes, hacer millones de amigos…
En 8 meses me he emborrachado dos veces, he hecho turismo durante 5 días y amigos amigos, la verdad es que me he sentido muy sólo en muchas ocasiones. Y no siento que haya fracasado.
Con esta perspectiva creo que se entiende mejor el miedo que me generaba responder a la dichosa pregunta. Pero nueve horas de vuelo dan para mucho, y encontré la palabra perfecta: Complicado. Efectivamente, Cuba es un país muy complicado.
Son complicadas las relaciones personales, donde diferenciar entre la amistad y el interés, es un examen que confieso haber suspendido; es complicado el trabajo, donde existe un juego difícil de seguir entre lo que no se dice, lo que se sobreentiende y lo que todo el mundo sabe pero no se puede decir (lo que se dice es lo que menos importa); y es complicado el día a día, donde las contradicciones son un incómodo copiloto.
Pero a pesar de todo, reconozco que estoy contento con la experiencia. He descubierto nuevos caminos, me he enfrentado a situaciones que me han obligado a abrir mi mente (y yo que me consideraba abierto de mente…) y me he reafirmado en el compromiso de seguir peleando por un mundo más justo.
Lo he pasado mal, es verdad, pero no puedo evitar sonreír al decirlo.

PD: aprovecho esta oportunidad para “animar” a la Universidad a flexibilizar sus mecanismos y hacer de este tipo de proyectos una opción real, y no una alternativa para unos pocos. 

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